Lugar: Casa de la Provincia
URL: http://elcorreoweb.es/opinion/columnas/una-vision-de-espana-YF4263076
El título de la Exposición “La
visión de España” dice a continuación exactamente: “en la pintura Victoriana.
La pervivencia del modelo Romántico” y de eso trata: de esa interpretación de
España y de los españoles desde el último tercio del XIX hasta el primero del
XX -esto es, desde 1860 aprox. a 1920- hecha por pintores y acuarelistas
ingleses que optaron por cruzar el Canal de la Mancha y recorrer nuestro país
como parte de ese exotismo ya anacrónico en sus días con respecto a la Europa
coetánea. Por eso, a pesar de los alardes efectistas, de los tecnicismos
cromáticos empleados por ellos en las 75 obras que la integran, amén de los
realismos a los que llegan partiendo de la base del Costumbrismo (esa faceta
del realismo naturalista e historicista de índole popular), nos deja un sentimiento
agridulce porque esa visión de España no es precisamente la heroica, rica o
culta, sino la que -salvo excepciones de edificios y paisajes monumentales- se nos
describe a través de una serie de tipos que no se sabe si se corresponden con
una crítica velada, pero que en cualquier caso nos retrata desde el punto de
vista desde dos de los aspectos fundamentales de la mentalidad de entonces,
esto es, el que recaía en el peso -enorme a niveles cuantitativos- de la mendicidad
y de la iglesia.
Nos encontramos ante una serie de
autores dignos y correctos, de buenos técnicos en lo que se refiere a la
representación -algunos de los cuales
bastante conocidos- cuyas manifestaciones en esta ocasión, no son las que
captan los rasgos de la aristocracia, alta burguesía, los altos estamentos
políticos, eclesiásticos, militares, o los lienzos de carácter religioso,
mitológico, etc., sino las que por el contrario se inspiran en los aspectos
(pseudo)tradicionales, (pseudo)folklóricos, que para seguir a los historiadores
clásicos de este periodo, podríamos enclavarlos en el “typical spanish”, la
españolada, la “España Negra” o en el
“Spain is different”, realizado no de cara a nosotros mismos, sino para que se
nos vea fuera, en este caso en el mundo anglosajón.
Los retratos de majas, majos,
toreros, bandoleros, aguadores, vendedores de todo tipo de elementos de
subsistencia como frutas, verduras, ganado lanar, gallinas, abanicos, …, las
escenas de galanteo, las de interiores domésticos, las que describen imposiciones
sociales, las devociones, … nos hablan de un país que fue clasista, machista y
racial (aunque no se le considerara así, y sin embargo lo fuese), desplegado en
las vestimentas, las poses, los accesorios, los acarreos ¿gitanos?, ¿moriscos?,
los detalles decorativos y que sobre todo se desprende del cruce y la
intencionalidad de las miradas de los protagonistas anónimos de los lienzos y
dibujos al agua, un cierto cliché intencionadamente buscado que al día de hoy
nos parece realizados con una visión mejor que de exaltación, de superioridad.
Tal vez la realidad de buena
parte de la España de entonces, la de las romerías, las corridas de toros, las
procesiones, los rezos del rosario, los rituales de boda, las visitas del cura,
los cortejos con carabina, la de la burguesía media y los pobres de solemnidad,
no sea otra cosa que la manifestación que mejor describía a esos sectores de la
sociedad y que todo lo que vemos aquí representado no sea sino el espejo (cóncavo)
con que nos entendían.
La mujer, “la belleza española”
que da pie a algún cuadro, la diferencia de clases entre la dama, la pitonisa,
la pedigüeña, la sumisa doméstica, la vendedora ambulante y el macho arrogante,
filtreador, activo en los lances amorosos, burlador, tabernario, no sea sino
una visión estereotipada, extrapolada o ¿por qué no esperpéntica?, que se
desarrolla con bastante carga erótica e intencionalidad para nada, en apariencia,
imparcial. Un (sub)mundo de chulos y chulaponas que parecen actuar
artificiosamente disfrazados con trajes de luces, capas, mantas alpujarreñas,
sombreros catites, mantillas, faralaes, velos de blondas.
Nada se deja atrás en esta visión
estereoscópica de este país del Sur de Europa o del Norte de África, ni
siquiera las fiestas. Aun así es triste comprobar cómo a pesar del colorido,
del virtuosismo lindando en el hiperrealismo, de todo lo que intentaron captar a
través de los atardeceres maravillosos en el interior de claustros, en la
vegetación de los patios, en la luz y los colores de Sierra Nevada o en las
fachadas de La Alhambra, en los perfiles recortados de una ciudad como Segovia,
… y a pesar de la insistencia en la representación de escenas bucólicas, de los
ejemplos de edificios emblemáticos desde el Norte hasta el Sur, el Este o el
Oeste (también de los paisajes costeros o agrestes del interior), esta
colección no refleje sino una parte de esa España sumida en el tópico. No
obstante, hay que reconocer que ofrece una visión de conjunto de lo que debimos
ser, mucho mejor que cualquier libro o lección teórica de Historia social.
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