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Ser un aristoácrata no es un mero
juego de palabras, una unión en apariencia dispar como podría ser en principio,
la concentración en una misma persona de dos circunstancias: una devenida
consanguíneamente en cuanto a sus orígenes, como fue el ostentar el título
nobiliario de V conde de la Salceda, y otra elegida por decisión vital, como
fuera su militancia en partidos de izquierda relacionados en primer lugar con
Acción Comunista y con el Anarquismo después. Tampoco, porque no tiene porqué
necesariamente ser una contradicción, el que una misma persona sea ambas cosas
a la vez. En cierto sentido -si no lo es en todos- las dos actitudes suponen
todo eso que tiene que ver con los valores éticos y el compromiso. De manera
que lo primero que nos chocaría de él (o en él) y en un primer acercamiento a
estas circunstancias vitales, es cómo supo integrar esas dos condiciones tan
proclives a miles de interpretaciones a los ojos de hoy, donde aristocracia y
acracia parecen cosas de diplodocus.
Y sí, por donde quiera que
comencemos a introducirnos en lo que pudo ser la vida de Quico Rivas, se hace patente
el hecho que desde los 16 años y cuando estudiaba Bachillerato en el I.E.S.
Fernando de Herrera de Sevilla, ya se esforzara por ser un trabajador de la
cultura a la vez que alguien preocupado por cambiar en la medida que le fuese
posible, las condiciones sociales y culturales de la época. Circunstancias que
irremediablemente le destinaron a ser un intermediario entre los creadores y la
prensa, entre la edición y los museos, entre los galeristas y los “entes” oficiales,
a la par que ser un puente entre los acontecimientos históricos por los que
pasaba este país y su posibilidad de seguirlos en primera persona, de intentar
configurar un sistema basado en la equidad, la justicia, la solidaridad, …eligiendo
para esto tanto los cauces establecidos, como la protesta como reivindicación.
También, porque con ello se unía al antifranquismo llevada a cabo por la clase
obrera y por una élite intelectual, al tiempo que aceptaba fidelidad a su
familia.
Pero una exposición de las
características de esta que no oculta sus documentos artísticos ni políticos,
su paso por la cárcel, su factor de “agit prop”, sus relaciones con sus amigos
artistas y grupos revolucionarios, es mucho más que eso. No sólo hace un repaso
a su breve e intensa vida (de 1953 a 2008), sino que se integra para formar una
parte de la nuestra no sólo por cuestiones generacionales (por arriba y por
debajo de su periodo activo que prolonga hasta pocos días de su fallecimiento),
sino porque en ella está por supuesto él, su mundo, sus cosas, sus escritos,
fotos, apuntes, libros, creaciones, … todo lo que fue haciendo como
prolongaciones de sí mismo, comenzando por su colaboración en este mismo
periódico El Correo de Andalucía, donde junto a Antonio Bonet Correa y su inseparable
Juan Manuel Bonet, dejaron constancia de los autores más significativos que
exponían en Sevilla y de esa nueva Vanguardia que tanto contribuyó/-yeron, a
eclosionar.
Los carteles, catálogos, notas
manuscritas, mecanografiadas o editadas, dan cuenta de esa lejana ya Edad de
Oro (título del extraordinario programa de Paloma Chamorro en TV española en el
que también él participó, como en el programa Trazos), de lo que fueron quienes
tuvieron la suerte de entender que el arte daba un vuelco diametralmente opuesto
a lo anterior.
No acaba en las artes visuales
-incluidas la edición, el cartelismo y el diseño gráfico- el interés de Quico
Rivas a lo largo de sus 55 años de existencia apurados al máximo, pues en esa
confluencia existencial, se relacionó con músicos, poetas, las vidas de otros
bohemios, aristócratas y anarquistas, a los que rescató (como Pedro Luis de
Gávez) y a músicos como Silvio Rodríguez y Camarón de la Isla, etc.
Vitrinas con bocetos, cuadernos
-también los salvados de un incendio en una de las residencias que habitó, a las
que iba, volvía, regresaba siempre- álbumes para sus hijas, proyectos
diarísticos,…carátulas de discos, auriculares con grabaciones, monitores y
pantallas,…,….que se despliegan como una hydra infinita.
En definitiva, lo que supone todo
este material hasta ahora inédito en el rescate de un actor tan fundamental en
muchos sentidos, lo que pone en evidencia, es lo que fuimos -al menos esa
minoría que rompía con los modelos tradicionales- y los que entendían/-ámos,
que al fin (después de los intentos de las primeras décadas del XX y de los
50), que el arte que se hacía aquí estaba al mismo nivel que el internacional,
teniendo como referencia principalmente ahora el informalismo neoyorkino y el
pop. Lo entendió perfectamente Quico Rivas cuando recorría los museos y los
grandes factótums del arte por Europa, o cuando cruzó el charco para seguir
aprendiendo, conocer personalmente a Andy Warhol y le organizarle una
exposición. También cuando apostó -al organizarle exposiciones o escribir de
ellos- por los jóvenes expresionistas abstractos, la nueva figuración, la
neobarroquizante, los herederos de aquello que se llamó la transvanguardia, el
póvera o el (neo)conceptual. Autores y estilos de los que esta poliédrica y antológica
muestra también se ocupa, que influenciaron en sus obras o fuese él quien los
contaminara.
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