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JOSÉ LUIS CASTILLEJO, o mejor, JOSÉ
LUIS FERNÁNDEZ DE CASTILLEJO TAVIEL DE ANDRADE como era su nombre completo,
nació en Sevilla en 1930 y falleció en Huston (California) en 2014. Entre ambas
fechas: el desarrollo de toda una vida. Una vida que puede analizarse
retrospectivamente ya, desde muchos puntos de vista, de manera que estos pudieran
definirlo como un ser poliédrico sino fuera porque esta palabra está más que usada
y nada significa hasta que no se desglose -si esto es posible- aquello que
constituía la “esencia de su ser”, considerando que sólo fuese una y sin que
prevaleciera sobre las demás.
Para quienes no le conocimos o
sólo de pasada entre los integrantes del Grupo Zaj, nos damos cuenta -en esta
extraordinaria exposición- que exhibe el CAAC de Sevilla conjuntamente con el
MUSAC (Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León) y el Archivo Lafuente
(Cantabria y Madrid), de cuántas cosas nos hemos perdido los que nos hemos educado
en la tradición clasicista y clasista, que metía el arte en compartimentos
estancos cuando lo que prima en él es la mezcolanza y sus interrelaciones con
todas (las mayores y ya afortunadamente también las que se encuadraban en esos
Diccionarios de términos retrogrado, que las clasificaba como aplicadas, y
aunque suntuarias a veces, consideradas menores), y por supuesto obviaba las
miles que pueden establecerse al unirse con otras como la música, el cine, la
poesía, el teatro, cualquier tipo de diseño, aunque este concepto ha cambiado
su sentido que antes podía traducirse como “el buen hacer”, ampliando
afortunadamente sus registros hasta alcanzar ámbitos tan dispares como lo
industrial, objetual, etc.
Dicho esto, lo primero que me
pregunto es ¿quién fue en realidad José Luis Castillejo: ¿el diplomático de
carrera, embajador de España en Washington, Argel, Bonn, Nigeria, Benin o
cónsul general en Stuttgart y Huston, cumpliendo
fidelignamente sus funciones?, ¿el escritor, ensayista, conferenciante,
articulista, historiador del arte?, ¿o bien el inventor de caligramas?, el
innovador que lleva al extremo las posibilidades de las letras y palabras, las
arrastra a la fonética con lo que las conecta con las artes sonoras (la música,
el canto, la guturalidad y en definitiva la voz humana), o las relaciona con las
artes espaciales y visuales que tienen en la representación gráfica de esos
sonidos ancestrales -y fundamentalmente a partir del descubrimiento del papel- su
representación. Pues todo esto y muchísimo más fue, sin entrar en sus relaciones
personales, ni en su vida familiar e íntima, todo lo que pudo conformar su
persona(lidad) y en este caso su obra creativa.
Indiscutiblemente lo que prima en
él es su deseo de reelaborar la estructura del lenguaje en su triple condición
de oral y escrito al margen de la textualidad por una parte, y de ser texto
literario por otro, para lo que debe aproximar relaciones coherentes de
palabras, o por el contrario, dislocar sus sentidos y significados. Debe
empezar y así hace, redefiniendo lo recitativo, la sonoridad, hasta agotar esa
fenomenología que desde el diafragma a las cuerdas vocales, la respiración, los
pulmones, la garganta, etc., hacen que podamos emitir sonidos que a veces se
corresponden con letras o palabras -no necesariamente- y por otra la escritura o
el habla propiamente dicha.
Esta indagación, le supuso
meterse a fondo en numerosas cuestiones: de pensamiento partiendo de la
filosofía, al tiempo que de la filología, la fonética y la literatura
propiamente dicha, considerando su “escritura moderna” tal y como él la
designa, como una nueva manera de expresión y redacción. Es decir, para la
“invención” de su lenguaje, debía cuestionarse todo comenzando por lo que
significa esa diferencia de los humanos con respecto a otros seres vivos, como
es la articulación.
También reelaborar un doble
discurso -auditivo y gráfico- a partir de la psicología (lacaniana, etc.), la
fisiología, la bioquímica y aún de la neurología y la psiquiatría, en lo que
conecta el pensamiento con esa abstracción de los signos y fonemas a partir de
los cuales nos expresamos.
Pero Castillejo no es sólo un lingüista,
alguien que reflexiona, teoriza y hace prácticas sobre la voz, el texto y el
lenguaje (en su caso en español e inglés), sino que estas indagaciones en las
artes sonoras, en el por qué y el cómo hemos decidido a través del tiempo representar
las palabras y los números, tienen su correlato desde el punto de vista de la
plástica, si entendemos que a la par fueron hechas con la intención de ser
arte, de crear no un alfabeto nuevo -si acaso solamente suyo, porque para que
sea común requiere de una sistematización compartida- sino una diferente manera
de disponer todo eso que comenzó en los pictogramas, jeroglíficos, en las
síntesis de líneas y curvas desde los sumerios a nosotros, de buscar en las
posibilidades de esas formas que han permitido comunicarnos y transmitir los
acontecimientos en cualquiera de las disciplinas, aún de las ficciones de la
Historia.
Castillejo va más allá. Le
preocupó la situación que estos signos ocupan en el espacio, la estética y sus interpretaciones
entendidos desde tres puntos de vista: desde los escritos que tienen una lógica;
los que hacen referencia diarística (que puede interpretarse como inconexos
porque no es una redacción al uso, sino fragmentada, una retahíla de aspectos
biográficos); y los meros ejercicios con grupos de sonidos-letras. Por otra
parte está la arbitrariedad del intencional caos con el que las plasma, el
orden o los diferentes órdenes que coexisten en las páginas, la elección de la
tipografía, de los colores, las formas que van a definir su representación y
disposición en cuanto a márgenes, líneas, paginación sui géneris, códigos cifrados
que no me atrevo a desvelar porque puede que pertenezcan a su subconsciente o
al mío, o al de quien intente introducirse en “su mundo”.
Considerados desde este aspecto,
sus libros -manuscritos, mecanografiados, transferidos, xerografiados o impresos-
encuadernados o en hojas sueltas enmarcadas o no, en papel vegetal o en los
derivados de la pasta de algodón, aglutinantes y celulosa- así como la elección
de las tintas y los formatos, descubren además de su proceso creativo, su
interés por cuestiones compositivas y lo introduce en lenguajes devenidos del
Dadá, ultraísmo, las vanguardias conceptuales al tiempo que lo aproxima a la
poesía sígnica y la experimentación vocal coetánea. El lenguaje escenificado y
pautado pentagramáticamente como si de una nueva gramática se tratara
efectivamente.
La exposición sorprende porque la
mayoría son inéditos en el sentido de que no llegó a publicarlos todos, como en
el que por primera vez se muestran. Tiene además el atractivo de que puede oírse
mediante auriculares su voz “interpretando” la intensidad o cadencia que quería
y un vídeo donde pasan imágenes de obras. También, que se acompañe de cartas,
fotos, invitaciones a sus acciones o de sus colegas Zaj, documentos, …que dan
una visión bastante acertada de su vida. Esa que vivió oculta y que no obstante
quizá fuese la auténtica. Las últimas imágenes, de 2013, un año antes de su
muerte, las que se corresponden con 59 fotocopias de sus collages con su propia
imagen previamente fotografiada, insisten en ese deseo de ser escritor por
encima de todo, un ejercicio de autoafirmación en el que había insistido intermitentemente
a lo largo de los años, publicara o no, trascendiera o no como ahora lo hace,
su legado.
Una exposición que es un
recorrido vital, literario y artístico, que saca a la luz y reivindica a un
autor y lo que puede extenderse a su generación teniendo en cuenta ese
movimiento que fue el Grupo ZAJ, que debería ser infinitamente mejor conocido,
y que no oculta las vicisitudes ideológicas por las que pasó desde la II
República, la Guerra Civil, el exilio, el regreso en el franquismo, la
Transición y la Democracia. De todo esto nos habla esta excelente exposición en
la que reconocemos parafraseándole que “ …en verdad tuvo una vida interesante”.
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